Tecnokids, la escuela robótica que gana predicamento

La historia de Tecnokids -la escuela de programación y robótica para chicos de entre 4 y 16 años de la que habla el país y que Leandro Swietarski fundó en 2015-, tiene como componentes de origen una mezcla de azar, intuición y capacidad de esfuerzo y confianza en las propias ideas.


 “Un día mi hermana me comentó que su hijo, mi sobrino, no encontraba un lugar donde estudiar programación para niños. No le creí. Me empeñé en buscar y me sorprendió darle la razón: no había nada disponible. Entonces  –el tío no podía fallar– me dispuse a enseñarle yo programación. El problema es que mi sobrino comentó a sus amigos sobre lo que aprendía y un día se sumó uno de ellos, a la siguiente semana fueron tres y cuando me quise dar cuenta eran 15 yendo regularmente a mis ‘clases’. Fue ahí cuando dije acá hay una oportunidad“, rememora Leandro e hilvana una historia que tiene todos los ingredientes de los relatos de emprendedores.

En su primer año de funcionamiento Tecnokids recibió 40 alumnos y hoy imparte cursos de “Programación Online”; “Programación y Robótica”, “YouTubers”, “Piloto de Drones” y “Desarrollo de Aplicaciones Mobile”, entre otros, a 550 chicos que concurren en distintos turnos a la casona de Palermo donde la institución educativa tiene su sede.

Cuando Swietarski se encontró con que estaba fundando un nuevo proyecto emprendedor buscó validar su intuición con datos concretos. Realizó, entre otras cosas, algunas pruebas, como indagaciones en Google Trends con palabras clave y hubo otra, determinante, cuando lanzó una encuesta para la cual quienes mencionaban interés tenían que completar muchos datos en sucesivos campos, deliberadamente trabajosos, por lo que hacerlo era ya un indicio de que quien deseaba encontrar programación para niños estaba dispuesto a esforzarse y comprometerse con ese plan.

Explotó todo“, es la hipérbole a la que recurre Leandro para explicar que los números que le devolvieron sus búsquedas fueron espectaculares.

Armó el plan de negocios, siguió investigando, consultó gente y, típico de los emprendedores en modo gestación, una noche de vela se le ocurrió mandar un mail a Mitchel Resnick,  director del Lifelong Kindergarten, el equipo perteneciente al MIT Media Lab que, entre otras cosas, desarrolla, desde al menos 2003, Scratch, la plataforma que enseña a programar de forma intuitiva.

Tardé un mes y medio en conseguir el contacto. Le escribí una noche contándole cuál era mi plan, fue como lanzar una botella al mar. Sin embargo, no pasaron tres horas y recibí respuesta del mismísimo Resnick. Muy amablemente me dijo que le parecía muy interesante mi idea y que lo fuera a ver. Nada más. A mí no me quedaba claro si me invitaba a tomar un café o a almorzar, o sea si iba a poder aprovechar el viaje o si iba a hacer algo protocolar, de unos minutos. Igual no lo dudé: saqué plata de mis ahorros y me fui para allá”.

“¿Terminaste de practicar?”. Hiperconcentrado, la voz lo tomó por sorpresa, como si lo sacaran de un sueño. Era uno de los asistentes de Resnick, que había estado observando cómo Leandro, en uno de los pasillos del MIT, ensayaba su speach para la cita y lo invitaba a pasar. 

El viaje fue muy productivo. Resnick le había preparado todo un recorrido de dos días con entrevistas por el MIT, en particular con los responsables de los departamentos que se ocupan de trabajar todo lo que tiene que ver con robótica y programación enfocada en chicos.

Y no sólo eso, sino que también me contactó con distintos centros o espacios que, en Boston, realizaban algo parecido a lo que estábamos intentando con Tecnokids. En al menos dos de esas visitas, llegué acompañado de él. Fue muy fuerte. Adonde llegaba, le hacían reverencias. Y él conmigo… No lo podía creer”, evoca Leandro.

El gran hito fue la firma de un convenio entre el MIT y Tecnokids, por el cual ambas instituciones se comprometen a intercambiar desarrollos en materia de programación y robótica para niños. Era el sello que faltaba, el aval del MIT fue un punto de inflexión para el desafío que se había puesto Swietarski

 “Con ese convenio salí y reanudé la búsqueda de inversores. Todo cambió con el aval del MIT: vendí el 25% de la empresa por u$s 50.000 a tres personas diferentes. Con esos fondos compré equipamiento, programas, invertimos en infraestructura y fortalecimos el equipo de docente y hasta me pude empezar a pagar un sueldo a mí, que, menos dar clases, hacía de todo: atendía el teléfono, respondía mails, entraba al aula y tomaba asistencia, recibía a los papás, hacía de portero, de preceptor, todo, absolutamente todo”.

El crecimiento de Tecnokids fue exponencial. Y se verificó el principio fundamental del emprendedorismo: antes que buscar qué vender, se debe establecer qué problema soluciono con mi producto. Leandro tuvo claro desde un principio, que había un problema para resolver, una demanda que atender.

Así, Tecnokids pasó de estar, primero, en un espacio de coworking, donde “alquilábamos la sala de reuniones” en función de cada curso que se iba sumando, donde arrancaron con dos cursos, martes y jueves, de menos de 10 alumnos cada uno. Duró poco ese lugar, ya que el crecimiento fue tan rápido que, al mes y medio, fue necesario alquilar un espacio propio, donde tampoco estuvieron demasiado, ya que a los tres meses y medio se mudaron al espacio de 450 metros cuadrados donde se encuentran ahora. 

La enseñanza de programación para chicos es la “vanguardia absoluta en educación“, dice Tecnokids desde su página web, donde también señala que “está cambiando la forma de cómo educar a nuestros hijos en un mundo cada vez más digital”. 

La leyenda no es una frase de ocasión sino que opera como el prólogo de una visión de futuro que ya está en pleno desarrollo: Tecnokids acaba de concretar su segunda ronda de inversión con cuyos fondos aspira a expandirse al interior y al menos a dos países de la región en 2020.  “Soñamos con tener una sede en cada provincia argentina de acá a cinco años“, se entusiasma Leandro, quien además agrega que “estamos empezando a vender franquicias; la idea de contar con una sede en cada provincia incluye franquicias, no serían todas nuestras“.

Tecnokids: la idea es cambiar el mundo

Leandro Swietarski es un emprendedor nato. Con apenas 40 años, Tecnokids es el quinto emprendimiento que lanza. Tras una experiencia como importador de productos electrónicos Leandro se lanzó hace 10 años con Aguám, una empresa de logística en moto, un anticipo de lo que hoy serían Rappi o Glovo, con la misma filosofía del emprendedorismo: en base a su experiencia como importador, detectó que los servicios de mensajería eran un “desastre”, es decir vio el problema y pensó la solución. 

Armé un equipo donde el personal de mensajería lucía un mismo uniforme, puse la vara muy alta en cuanto a capacitación de la gente y hasta traje de afuera unos chips con GPS para que el cliente pudiera seguir su envío en tiempo real“, recuerda y confiesa: “Nos fue muy bien“. En diciembre de 2012 recibieron una oferta por la empresa, la marca y la cartera de clientes. Tras algunos meses de negociaciones, la empresa se vendió en febrero de 2013. 

Luego vinieron un emprendimiento de turismo médico, CityBA, que consistía en traer parejas que deseaban hacerse cirugías estéticas, donde el paquete incluía la estadía, los estudios pre y post quirúrgicos, la intervención y, para amenizar las esperas entre trámites, estudios y visitas al médico, visitas a restaurantes a comer carne argentina, o a escuchar tango o ver un partido de fútbol, quizá alguna escapada a Calafate.  

La historia siguió con www.gaymarriageargentina.com, “la primera y única empresa LGBT que se dedica exclusivamente a ofrecer paquetes a turistas para contraer matrimonio en Argentina“. La compañía aún existe y Leandro se quedó con una parte, aunque ya no interviene en la gestión, ni en el día a día. 

La llegada de Tecnokids a la vida de Leandro se conecta con un dato de su biografía personal que había pasado inadvertido para él hasta que el presentador de una charla de TED se lo hizo notar: Swietarski es hijo de papá juguetero y mamá docente. “Aunque la robótica no son juguetes, el enfoque lúdico que buscamos como parte de la pedagogía para dar nuestros cursos es esencial“, dice Leandro a la hora de hurgar en los elementos de su ADN que florecen cuando trabaja con los niños. 

Esa conexión es la que extraño de dar clases, al punto que me estoy organizando para volver a estar con chicos, con un curso“, se entusiasma pero enseguida aclara que es una necesidad más personal que del proyecto, ya que “contamos con un equipo docente brillante, gente apasionada y súper profesional“.

Pero Leandro extraña situaciones que son intransferibles: “Nosotros les vamos proponiendo a los chicos una escala gradual de dificultad, y verlos avanzar y, luego de trabarse, observar la sonrisa que se les dibuja en el rostro cuando superan el obstáculo, es indescriptible“.

El espíritu con el que los niños encaran sus proyectos es, quizá, uno de los principales estímulos que unifica a docentes y alumnos en Tecnokids: cambiar el mundo, así de sencillo. 

Los ejemplos son conmovedores. Leandro recuerda dos casos que lo marcaron a fuego. “En un curso privado que hicimos para un grupo de chicos, muy avanzado, surgió que tenían ganas de generar algo que ayudara a otros. Entonces uno de los chicos contó que tenía un amigo que había quedado ciego en un accidente y que, pese a que se había adaptado bien al uso del bastón blanco, tenía dificultades con, por ejemplo, los carteles que no tienen pies al piso, que es lo que se puede tocar con el bastón. Trajeron diversas ideas y la idea que ganó fue la de colocarles, a simples anteojos de plástico, un sensor de proximidad que, con un sonido, avisa si te vas a chocar un objeto para que pares. La verdad es que la batería dura poco, hasta son incómodos, pero no importa, lo que rescato de esto es que cuando a un grupo de chicos le das estímulos, herramientas, conocimiento y acompañamiento, hacen cosas espectaculares“. 

Leandro recuerda que, tras el desarrollo de la idea, algunos de los padres del grupo lo fueron a ver preocupados por la propiedad de la patente del invento de los chicos. Lo  que ocurrió es notable: “Les dije que hicieran lo que les parecía; que yo en eso no me iba a meter; lo consultaron, entonces, con los chicos. La respuesta fue contundente: no queremos vender nada, ni comercializar nada; lo vamos a subir a Internet, con código abierto, para que se puedan fabricar y mejorar gratis y más chicos puedan aprovechar el invento“. 

En una de las charlas gratuitas que Leandro da en escuelas se produjo otro episodio que tributa al mismo espíritu: “Uno de los chicos nos contó que le hacían bullying por cómo se vestía. Que combinaba mal la ropa, que era capaz de ponerse una camisa con un pantalón de gimnasia, que no acertaba con los colores y que eso lo ponía muy incómodo.  Entonces él mismo se planteó el siguiente desafío: qué pasa si yo le saco fotos a toda mi ropa, la categorizo y clasifico en base a un criterio y armo una aplicación a la que, en base a información que le cargue, le enseño a que me enseñe a combinar la ropa. Pues bien, la idea me pareció maravillosa y le regalé una beca y hoy estamos a semanas de que esté disponible. Otra vez, cuando le preguntamos al chico y su familia cuánto iba a costar y cómo la quería vender, nos aclaró que no quería dinero sino que también la iba a subir a Internet, en distintos idiomas, para que pueda ser aprovechada gratis por quien la necesite“.

Los chicos no quieren hacer estas cosas ni por fama ni por dinero. Cuando les preguntás, te dicen que lo hacen porque es correcto. Eso me maravilla“, confiesa Leandro.

Estas historias al interior de Tecnokids permiten observar que los distintos cursos que se imparten no persiguen el objetivo, como podría suponerse cuando se trata de, por ejemplo, “formar youtubers”, de que los chicos se conviertan en celebrities o entrenarlos para que sepan generar escándalos y obtener vistas en sus videos. 

No tiene nada que ver con eso. En cursos como el de youtuber, les damos herramientas que pensamos les van a servir ya sea que quieran o no ser youtubers o que lo de los youtubers sea una moda pasajera. Saber editar videos, pararse frente a una cámara, la cadencia para hablar, tipos de oratoria, entre otras cosas, son herramientas que les van a servir más allá de toda moda“.

Esta filosofía viene acompañada con una preocupación esencial, “algo que está al comienzo, durante y al final de cada experiencia con tecnología que le proponemos a los chicos y sus familias: la seguridad“. 

Leandro advierte que “les enseñamos, sin tampoco volvernos locos, que no tienen que trabajar con datos personales, ni dar señales de donde viven, como la dirección y otras. Aunque nuestros cursos no tienen exámenes, sí evaluamos en cada chico, cuánto de estas cuestiones internalizó y comprendió, lo mismo que a los padres, a quienes capacitamos para que acompañen a sus hijos, con una guía para que verifiquen la seguridad de la pagina del niño, para el control parental, y  antes que termine el curso, los volvemos a ver para saber si han incorporado los conceptos y lo dominan bien“.

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Agencia
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