Andy Grove, en una mañana de 1997

Ahora que Andy Grove ha partido deseo compartir una mañana de septiembre de 1997 en la planta de Intel en Santa Clara, California, EEUU, cuando periodistas de todo el mundo asistíamos a un ruedo de prensa con Andy Grove. Hubo un instante de silencio reverencial cuando ingresó a la sala. Delgado, tranquilo al hablar, Grove vestía su clásica polera de cuello alto y lucía con orgullo en la cintura la tarjeta blanca de su identificador como empleado número uno de Intel.


 

Andy GroveUna periodista asiática le preguntó hasta cuándo podría extenderse la vigencia de la llamada Ley de Moore -atento a que cada 18 meses se repetía el fenómeno por el cual los procesadores doblaban su poder de cálculo y reducían el coste para los usuarios-.

Grove respondió que las proyecciones que entonces contaban permitían creer que hasta 2012 eso seguiría ocurriendo; aunque posiblemente el surgimiento de nuevos materiales a utilizarse en los procesos de fabricación o incluso la estructura misma de los microprocesadores podría tomar otro camino, caminos en los que Intel ya investigaba. La llamada Ley de Moore ha demostrado que sigue vigente y ello siguió acrecentando la transformación global y consiguientemente el poderío de Intel.

Robert Noyce fue el inspirador, el que soñó ese papel transformador al estar en el corazón mismo de las innovaciones que la microelectrónica permitían hacer con esos interruptores de prende y apaga o abre y cierra de la corriente eléctrica. Ejemplo: un chip que permitía conmutar las luces de los semáforos, los enlaces telefónicos, los procesos de manufactura y los satélites que trepaban al espacio. También que ese ingenio llegara hasta las calculadoras y las computadoras personales -las famosas PC y como se llamen hoy; el planeta está embebido de esos chips en millares de equipos y funciones-.

Gordon Moore fue quien previó la cadencia en que se producían esos avances -cada 18 meses el poder se duplica y el costo se reduce-. Él enseñó que esa era la velocidad de la innovación cuando el 19 de abril de 1965, Gordon Moore publicó por primera vez la denominada “Ley de Moore”, una enunciación en la que determinó que el número de transistores en un chip se duplica cada 18 meses, manteniendo el mismo costo o menor, como viene ocurriendo y ocupando el mismo espacio.

Y fue el genio del ingeniero químico Andrew S Grove quien tuvo la sapiencia y la astucia de encerrar esos sueños y esa posibilidad en una cajita tan pequeña, el chip, cada vez más pequeña y cuya materia prima principal era el elemento base de ese hermoso valle -ahora llamado del silicio- pero que hasta entonces era la granja que abastecía de verduras, frutas y carnes a la pujante, bella y señorial San Francisco.

Pasó a ser el Silicon Valley porque la intuición científica de seres como Shockley, Hewlett, Packard, Noyce, Moore, Grove y otros miles, construyeron el espacio de mayor concentración de inteligencia del planeta. Y allí fue donde Intel se asentó y construyó una de sus plantas más avanzadas, la de Santa Clara.

Esa planta de Santa Clara tenía ya dos décadas atrás -en el 1997 de esta crónica- los más límpidos y avanzados procesos de elaboración de los chips, los cerebros de las computadoras; un sitio en el que hasta el agua que se utilizaba era reciclada para aprovecharla al máximo y contribuir a la sustentabilidad.

La planta está prácticamente sobre la falla misma de San Andrés, esa que previene que en cualquier momento la tierra podría volver a sacudirse y arrasar con todo. Lo tenían claro los ingenieros que diseñaron y construyeron esa planta madre de la decena que tiene Intel en el planeta. Esos mismos chips salidos de esa planta son los que escudriñan la falla.

Pero la visión de aquel momento, aquella mañana de 1997, con sus científicos y ejecutivos moviéndose tranquilamente, colmando los grandes espacios de sus laboratorios, salas de reunión y los bares que albergaban ya a seres procedentes de 60 nacionalidades, con sus culturas, particularidades y curiosidades, era la gran compañía que había contribuido a crear y que conducía Andy Grove; siempre primó en Intel el trabajo en equipo, Andy Grove entre ellos.

Y cuentan quienes siguen frecuentando esos espacios que hasta hace pocos días se le podía ver de pronto en la mesa cercana, enfrascado en un diálogo siempre agudo, vivaz, preciso y curioso. Era el mismísimo Andy Grove, este ser que ahora pasó a otro estado de la existencia y ha dejado un magnífico legado, el de unir en éxito a la ciencia y la empresa transformadora. Gracias Andy Grove. 

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Epifanio Blanco
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